Atreverse con un chapuzón polar, Antártida

Escrito por
Brekke Fletcher, Lonely Planet

20 Septiembre 2026
3 min de lectura
© Jeremy Fratkin
Turistas navegando por la bahía Wilhelmina, en la Antártida.

De todas las experiencias que he vivido, lanzarme desde una zodiac al océano Austral, frente a la península Antártica, fue la más extrema de todas. La intensa descarga de adrenalina de la anticipación quedó inmediatamente eclipsada por el impacto de sumergirme en unas aguas a 0°C. Nunca volví a ser la misma.

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✩ Diez segundos capaces de quedarse para siempre.

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Leí Endurance: La prisión blanca, de Alfred Lansing, de una sola sentada. No lo digo para presumir, sino porque ese fue el momento en que nació en mí una auténtica obsesión. Conmovida por la dureza de la expedición encabezada por sir Ernest Shackleton, que pretendía cruzar a pie la Antártida, me dejé atrapar por las vívidas descripciones de las fuerzas que entraban en juego, entre ellas la extraordinaria personalidad del propio Shackleton. Es una historia sobre la pugna entre el ser humano y la naturaleza, sobre los peligros de la exploración, pero también sobre la audacia, la confianza en uno mismo y la determinación de no rendirse jamás.

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Paseo en Zodiac por la caleta Cierva, con abundancia de pingüinos y focas, en la Antártida. © Gail Johnson / Shutterstock

Tras los pasos de Shackleton

Más de un siglo después de su realización, aquella expedición y muchas otras aventuras antárticas siguen fascinándome. Durante años soñé con experimentar, de forma segura, una pequeña parte de ese espíritu explorador, participando en un viaje a la Antártida, y encontrar una manera de hacer mía la experiencia de estar tan cerca del polo sur.

Lo que viene a continuación dista mucho de ser una epopeya. Cuando reservé mi (nada barato) crucero por la Antártida, mi principal objetivo –además de desembarcar en el continente y contemplar pingüinos, focas, ballenas, icebergs y glaciares– era participar en un chapuzón polar.

Ya había probado los baños de agua fría en el mar de Irlanda y en el río Deschutes, en Oregón, pero nada podía prepararme para la intensidad de saltar a un agua helada rodeada de icebergs a la deriva y glaciares que se desgajaban ante mis ojos.

Decir que el tiempo en un crucero por la Antártida es impredecible sería quedarme muy corta. Un día puede comenzar con vientos de 80 km/h y una visibilidad prácticamente nula, y terminar bajo un cielo despejado y una luz cegadora. Uno puede despertarse con un mar completamente en calma y, unas horas después, estar aferrándose con todas sus fuerzas mientras el barco se escora por el embate simultáneo de dos tormentas que levantan un fuerte oleaje a ambos lados de la embarcación.

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Dos hombres observan el cielo azul en la Antártida. © Sapto's Image / Shutterstock

Esperando el momento perfecto.

Como las condiciones para realizar el chapuzón debían ser absolutamente perfectas, no fue hasta el séptimo día de nuestro viaje de 10 días cuando nos autorizaron a lanzarnos al agua en la bahía de Neko, una ensenada de una belleza sobrecogedora, descubierta por el explorador belga Adrien de Gerlache a principios del s. xx. No voy a mentir: una parte de mí esperaba que esas condiciones ideales nunca llegaran a darse y así no tener que sumergirme en aguas heladas.

Cuando por fin llegó mi turno de lanzarme –en el sentido más literal de la palabra– al agua de la bahía, sentía el corazón en un puño. Un amable miembro de la tripulación, con esa sonrisa de quien ya lo ha visto todo, me ofreció un chupito de brandi, que apuré de un trago. Me quedé en bañador y descalza mientras la tripulación me ajustaba un arnés a la cintura antes de subir al costado de estribor de la zodiac desde la que me lancé al agua.

Solté un grito al saltar y contuve la respiración al atravesar la superficie helada. Mi mente intentaba sobreponerse al dolor –perfectamente descrito por Jack en Titanic: “Es como si mil cuchillos te apuñalaran por todo el cuerpo”– mientras trataba de saborear esos pocos segundos irrepetibles antes de nadar desesperadamente hasta la escalera para volver a subir a bordo. Una de las sensaciones más intensas de toda mi vida apenas duró 10 segundos, pero quedó grabada para siempre en mi memoria y en mi corazón.

No te vayas sin...

Conversar con la tripulación, cuyos integrantes reúnen conocimientos en prácticamente todas las disciplinas imaginables. Nunca pensé que una charla sobre el kril pudiera resultarme tan fascinante. 

Contemplar a pingüinos juanitos y de barbijo desplazándose por sus 'autopistas de pingüinos'. Nosotros incluso tuvimos la suerte de ver un solitario pingüino emperador reinando sobre un iceberg. 

Estar atento a las ballenas: el sonido del agua saliendo despedida por el espiráculo de una yubarta es la mejor señal de que está a punto de emerger para respirar.

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