Embarcarse en una aventura en el océano, Polinesia Francesa

Escrito por
Jessica Lockhart, Lonely Planet

20 Septiembre 2026
3 min de lectura
© Jessica Lockhart/Lonely Planet
 La va'a de vela tradicional de Moana Explorer.

Puede parecer un poco obvio recomendar un destino tropical del sur del Pacífico por sus aguas color aguamarina. Pero en la Polinesia Francesa las experiencias en el océano van mucho más allá de relajarse en playas de arena blanca: son una oportunidad para comprender mejor la cultura polinesia y su forma de vida.

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✩ Un pueblo que ha aprendido a vivir mirando al mar.

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En el 2024, la Polinesia Francesa, un territorio francés semiautónomo, acaparó la atención mundial cuando la legendaria ola de Teahupo'o fue el escenario de las competiciones de surf de los Juegos Olímpicos de París. Sin embargo, ese mismo año tuvo lugar un acontecimiento mucho más importante, aunque pasó muchísimo más desapercibido: junto con líderes indígenas de Nueva Zelanda, Tonga, las Islas Cook y Hawái, representantes de la Polinesia Francesa firmaron el He Whakaputanga Moana (Declaración por el Océano), una declaración que reconoce a las ballenas como personas jurídicas con sus propios derechos.

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Ballena jorobada en la isla de Rurutu, Polinesia Francesa. © Tomas Kotouc / Shutterstock

Las ballenas, mucho más que un atractivo turístico

Cada año, hacia el mes de julio, las ballenas jorobadas llegan a las cálidas aguas de la Polinesia Francesa para dar a luz y criar a sus ballenatos. Su llegada no solo marca el inicio de la temporada turística, sino que también posee un profundo significado cultural. Desde hace miles de años, los desplazamientos de estos cetáceos sirven para medir el paso del tiempo. En la cultura polinesia, las ballenas son consideradas guardianas o antepasados, seres sagrados que merecen la máxima consideración.

Ese profundo respeto se refleja también en la forma en que se ha desarrollado el turismo, enfocado a favorecer una convivencia responsable con la fauna marina y garantizar su protección. Considerada uno de los mejores destinos del mundo para observar ballenas de forma ética, la Polinesia Francesa aplica una normativa muy estricta para esta actividad, reforzada todavía más en el 2025. Solo cuando las condiciones del mar y el comportamiento de los animales son adecuados, un pequeño grupo de nadadores puede entrar en el agua para contemplar a estos gigantes a una distancia prudente y con el máximo respeto. Además, con motivo del Día Mundial de los Océanos del 2026, la Polinesia Francesa amplió aún más su santuario marino, que ya era el más extenso del planeta.

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Bungalows de lujo sobre el agua en una laguna tropical, Polinesia Francesa. © Nancy Pauwels / Shutterstock

Una forma diferente de acercarse al océano

La mayoría de los viajeros elige Tahití, Bora Bora o Moorea para observar ballenas. Yo, en cambio, volé hasta la diminuta isla de Rurutu. Este atolón coralino elevado carece de laguna poco profunda, lo que permite a las ballenas nadar tan cerca de la costa que pueden verse perfectamente desde tierra. Cuando llegué, a finales de octubre, ya habían comenzado su migración hacia las zonas de alimentación de la Antártida. Sin embargo, no eché de menos su ausencia. Había muchas otras maneras de descubrir la estrecha relación entre la cultura polinesia y el océano. Una de ellas fue navegar por las aguas de la bahía de Matavai, frente a la costa de Tahití, a bordo de una va'a (canoa tradicional con balancín). Mientras el agua salada me salpicaba, imaginaba cómo debieron de sentirse los antiguos navegantes polinesios al cruzar el inmenso océano guiándose únicamente por las estrellas, las aves y el movimiento de las olas.

Por supuesto, también existen vínculos más contemporáneos con el mar. Los bungalós sobre el agua, que según se dice nacieron en la Polinesia Francesa en la década de 1960 inspirados en las tradicionales cabañas de pescadores, son uno de ellos. Desde mi bungaló en el Le Taha'a by Pearl Resorts podía contemplar peces de vivos colores y tiburones de arrecife nadando justo bajo mis pies. No estaba de luna de miel, pero, aun así, me enamoré.

Vivir en un país insular significa aprender a convivir con el ritmo del océano y de los seres que lo habitan. Y vivir en la Polinesia Francesa significa encontrar nuevas formas de proteger y admirar uno de los recursos más valiosos del planeta.

No te vayas sin...

Bucear en el “Muro de los Tiburones”, en el archipiélago de Tuamotu, donde enormes concentraciones de tiburones grises de arrecife forman una auténtica barrera en las corrientes del paso sur del atolón de Fakarava. 

Descubrir cómo se cultivan las iridiscentes perlas negras de Tahití, uno de los principales productos de exportación del país, en la Love Here Pearl Farm, en Taha'a. 

Aprender a surfear, otra práctica profundamente arraigada en la espiritualidad polinesia, en la playa de arena negra de Papeno'o, en la isla de Tahití.