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Pasear entre las deslumbrantes fuentes de la plaza central y por las calles estrechas del centro histórico de la ciudad evoca el espíritu señorial del pasado de Puerto Rico. Su ritmo tranquilo se palpa en los negocios (abren tarde y cierran pronto) y en las parejas, muy dadas a disfrutar de la brisa costera cada noche. Los fines de semana los restaurantes y cafés al aire libre atraen a las familias. Y una vez los niños duermen, los tragos fluyen y todo bulle con una atronadora mezcla de reggaeton y salsa.