Me encanta Italia, y no me importa que todo el mundo lo sepa. Como viajera que vuelve una y otra vez al Bel Paese (“el país hermoso”), siempre había soñado con descubrir sus islas y su litoral desde el mar, fondear en una cala y lanzarme al agua desde un velero. Ese deseo se hizo realidad el verano pasado, cuando pasé una semana navegando por las célebres islas Eolias, frente a la costa de Sicilia.
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✩ Una semana en el Mediterráneo.
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Los viajes soñados siempre entrañan un riesgo. ¿Y si, después de tanto tiempo planificando e invirtiendo dinero, esa experiencia que imaginaba capaz de cambiarme la vida resulta ser simplemente normal? Pero hace un año descubrí Sailing Collective en Instagram y hubo algo en mi interior que hizo clic. Esta singular agencia, además de organizar chárteres privados, ofrece viajes en grupo con itinerarios cerrados y asequibles, en los que se comparte un catamarán para seis pasajeros (más dos tripulantes) con otros viajeros. Le envié a una amiga el enlace de una travesía por las islas Eolias para comprobar si sería capaz –o, mejor dicho, si seríamos capaces– de convivir durante seis días y siete noches en un espacio reducido con completos desconocidos. Su respuesta fue inmediata: “¡Claro! ¡Vamos!”. Poco a poco, mis dudas fueron dejando paso a esa voz interior que me recuerda que hay que aprovechar las oportunidades. Contuve la respiración y reservé el viaje.
Velero cerca de unas rocas en el mar, entre Lípari y Vulcano. © Solomakha / Shutterstock
La vida en una casa flotante
Mi amiga y yo llegamos un sábado para tener margen ante cualquier imprevisto y aprovechar para descubrir la Palermo abrasada por el sol del verano. Después de explorar la ciudad, tomamos un tren hasta el puerto deportivo de Capo d'Orlando. Pasamos allí la noche y el domingo por la mañana embarcamos en el que sería nuestro hogar durante toda una semana: el Sonia, un catamarán Lagoon 46.
Allí conocimos al resto del grupo, a nuestra chef de a bordo, Flannery, y al capitán Dayyan, que nos dio las instrucciones de seguridad pertinentes antes de poner rumbo al noreste (cuando el viento lo permite, se navega a vela; si no, toca recurrir al motor). Echamos el ancla frente a la isla de Vulcano para nuestro primer baño y compartimos ese momento de incredulidad en el que solo podíamos pensar: “¿Cómo puede estar pasándonos esto?”. Mientras chapoteábamos en el agua, la chef Flannery preparaba el almuerzo en la diminuta cocina del barco. Todavía con la piel salada y el pelo mojado, dimos buena cuenta de un festín de pasta con tomate y albahaca fresca, mejillones al vapor, jamón con melón y copas de vino bien frío.
Después continuamos navegando hasta fondear frente a la remota Punta del Perciato, en Lipari, donde pasamos la noche. Estábamos prácticamente solos (únicamente había otra embarcación) y disfrutamos de una puesta de sol que nos dejó sin palabras.
Vista del volcán Estrómboli. © maudanros / Shutterstock
De isla en isla
Al día siguiente hubo más navegación y más baños, y por la noche nos montamos en una lancha auxiliar para acercarnos al encantador y montañoso puerto de Panarea, donde disfrutamos de unos cócteles y de una cena cien por cien italiana.
Desde la isla de Panarea pusimos rumbo a Estrómboli en busca de una buena granita, el clásico granizado siciliano. En esta ocasión decidí separarme un rato del grupo para perderme por las estrechas callejuelas de isla esta volcánica. Tener un momento de soledad también era importante para mí. Cuando abandonamos Estrómboli, al alejarnos de ella, se distinguían perfectamente algunas coladas de lava y una ligera bruma de humo envolvía la cima del volcán. Después navegamos hasta la isla de Salina para cenar frente al mar en el precioso restaurante Porto Bello; sus espaguetis al fuoco eran tan picantes como deliciosos.
El último día nos llevó hasta Filicudi, mi isla favorita en este viaje. Desembarcamos en el pequeño pueblo de Pecorini a Mare y más tarde navegamos hasta los islotes del faro de La Canna. La última noche fondeamos prácticamente a la entrada de una gruta azul. Era un lugar absolutamente impresionante. El único inconveniente fue que el periplo llegó a su fin. Y no exagero al decir que superó todas mis expectativas. Fue, de verdad, el viaje con el que siempre había soñado.
No te vayas sin...
Subirse a una tabla de surf de remo. Quien no consiga mantener el equilibrio de pie, siempre puede usarla como un kayak improvisado para explorar calas y cuevas.
Comprar pescado recién capturado. La chef Flannery negoció – nada menos que en bikini– con unos pescadores de una embarcación cercana comprarles un pescado que aún se movía, con el que preparó la mejor comida de todo el viaje.
Hablar con la gente del lugar; no hace falta dominar el italiano para saludar y dar las gracias a quien se conozca mientras se recorre las islas, pues basta con un sencillo ciao y un grazie.